Héctor Vidosa

Se conocieron el siglo pasado, en un campamento asturiano, en la Concha de Artedo. Soñaban, ellos y todos los habitantes de la ciudad de lona, en que los grises colores de la vida se volvieran azules, para todos. Cantaban bajo la lluvia persistente que verdea Asturias; reían, discutían, daban órdenes y las acataban. Bebían y cantaban junto al fuego de campamento. Héctor llevaba un escudo en el brazo: mortui moriturus sperant. Se lo quería quitar, el otro, más viejo, no le dejó. El tiempo le dio la razón, maldita sea. Esta mañana han hablado. Héctor, moribundo, animaba al otro, continuaba la conversación entre vómito y vómito. Está tranquilo, es cuestión de días. Ha hecho las paces con Dios y con los hombres. El otro llora impotente al otro lado del teléfono. Apenas puede formular «te quiero, amigo». Héctor está sereno, su estómago no. «Para mí tú eres mi jefe», le dice Héctor al otro, en esos momentos tales palabras son amargas, nada puede hacer sino rezar, lo lleva haciendo cada noche, en silencio, desde hace tiempo. Héctor le consuela: «mi familia estará bien, mi mujer tiene un gran apoyo en sus padres, son buena gente. Mis hijos ya lo sabían, se lo expliqué». 
«Te volveré a llamar», dice el otro ayuno de palabras, ahíto de dolor. Héctor endulza la despedida, habla y vomita, sufre bascas pero no deja de hablar. Es la agonía serena de un héroe, un español de Barcelona.