Periodistas

Van estas palabras por vosotros que cuando veis nóminas escuálidas a fin de mes, cuando toca, sabéis lo que son, sólo palabras. No os preocupéis, para algunos, muy pocos, cada día menos, España va bien.
«Poesía para el pobre, poesía necesaria como el pan de cada día, como el aire que exigimos trece veces por minuto para ser, y en tanto somos, dar un sí que glorifique».
Pero somos periodistas, es decir, espías-bocazas, que se informan sobre cualquier cosa, arrancan datos, hechos y cifras para difundirlos a los cuatro vientos, somos una estirpe de informadores que terminaremos con los centros de espionaje a base de hacer transparentes las paredes de parlamentos, palacios, bancos…
Pero tenemos un peligro, una amenaza dentro de nuestras propias almas en llamas, considerarnos jueces de todo lo divino y lo humano. Muy al contrario, somos, ¿debemos ser?, embajadores de los hechos para ponerlos ante el tribunal de la opinión pública y que sea cada cual quien, con la información –toda– que obtenemos y proporcionamos se haga su composición de lugar. Es tan fácil colar de rondón opinión por información.
Nuestra vocación nos lleva a sacrificios duros: el abandono de la familia, de los seres queridos, del ocio, de todo cuanto es humano. Hemos hecho de las redacciones nuestros campamentos, comunas donde anidar en nuestro nomadismo profesional.
Es importante el talento y fundamental la cultura pero, en palabras de Gerda Hollundeer, «los periodistas necesitan saber en qué consiste el arte de una buena transmisión».