India y Nepal

Gustavo Morales en Jaisalmer

9 de agosto de 2005. Todo el día de viaje, vía Alemania, para llegar a Delhi. Muchas horas de transbordo en el aeropuerto de Frankfurt. El salto a Asia. Magnífica publicidad en la sala de recogida de maletas del aeropuerto de Nueva Delhi: «Antes sólo se podía entrar en el fuerte Rowjana como prisionero». Quedan unos minutos de cola para formalismos aunque traigas visado. Estás en el subcontinente mítico. El de los libros de Kipling.
Estás en la India y apenas eres consciente cuando los mozos del aeropuerto te arrancan las maletas para llevártelas por diez o veinte rupias. Los hoteles y las agencias envían microbuses y coches para recoger a sus clientes. Los taxistas te prometen que el hotel a donde te llevan ellos es mejor que donde tienes pensado ir. La anarquía.

El tráfico disuade a cualquiera que llegue con la idea de conducir el mismo. Se trata de no estrellarse y los variopintos vehículos se cruzan por uno y otro lado. Nos alojamos en Le Meriedien, hotel enorme y bien organizado con criterio indio. Mañana temprano volveremos al aeropuerto.
10 de agosto. Viaje a Udaipur en avión. Miran el equipaje de carga con rayos X y lo cierran con una cincha de plástico. El viajero pasa por arcos pero luego viene un registro físico, con filas de hombres y de mujeres. Insisten mucho en no llevar cerillas ni mecheros en el equipaje de mano, que miran a fondo pero son amplios en lo que uno puede subir a la cabina. Doy fe. En el aeropuerto nos espera un chico que nos dice que es la primera vez que recoge a alguien aquí. A viajero le pasa lo mismo, es la primera vez que le recojen ahí. 
Es de día y los cristales del microbús son nuestra primera mirada a la India cotidiana, de piedra y de color. Llegamos a las orillas de un lago que mandó construir un maharana y un palacio en el centro. Ese es nuestro hotel, al que sólo se accede por barca.

Estamos instalados en el Taj Palace Lake, en medio del lago Pichola. Conocemos a Jamsmuj, es un indú devoto que sabe su oficio y que tiene un aire a mi primo Roberto. Le dejamos un fondo para propinas que reparte con generosidad en escuelas y hogares con menos de lo mínimo, a criterio europeo, donde nos conduce con tranquilidad y sin dudar al abrir puertas.  Esa tarde visitamos el templo de Nagdadonde una nuera y su suegra compitieron por hacer la mejor arquitectura. Por los caminos se ven campesinas llenas de colores en sus vestimentas. Paramos a hablar con ellas, son sociables y se ríen envueltas en ropas multicolores. 
A continuación nos descalzamos para entrar en Eklinji donde en cuantiosos templos se adora a Shiva, frecuentemente representado por un lingan sobre un yoni orientado hacia el norte. Allí está prohibido hacer fotos. En la puerta, entre otros pobres, pide un hombre cuya columna le obliga a gatear. Su extrema delgadez lo asemeja a una araña.

Los campesinos llevan liados sobre la cabeza turbantes de nueve metros de tela, útiles para las siestas. Visten pantalones hechos con un tejido largo a los que llaman dotis.
Cenamos en el Hotel del lago Pichola. Cuando los pájaros duermen aparecen los mosquitos que hacen más incómoda la hermosa perspectiva desde las torres de este edificio magnífico. Asistimos a una danza del clan de los guerreros, los hombres llevan el bigote con las puntas hacia arriba. Alguien nos susurra que en el barco anclado se filmó una de James Bond.
Hace un tiempo magnífico y el monzón brilla por su ausencia, aunque aseguran que el lago Pichola está lleno por las lluvias de los días anteriores. 
En las tiendas donde nos lleva el guía los precios están disparados y un apretado regateo los baja a menos de la mitad. En las otras tiendas, donde no te llevará el guía, los precios son muy inferiores. Ellos alegan que la calidad es peor pero todos compran a los mismos artesanos.

11 de agosto. Vemos Udaipur, bordeamos el lago Fatehsagar y el palacio de la ciudad, el templo Jadgish y los jardines Sahelion Ki Bari, también abundantes en ardillas y lagartos. Por el camino hacia el oeste, la frontera con Pakistán, visitamos un pueblo indio donde los habitantes nos miran con tanta curiosidad como nosotros a ellos. Ha sido una buena idea del guía. Las mujeres se cubren la cara cuando las apuntamos con las cámaras de fotos. Irrumpimos en su vida pero su curiosidad es casi como la nuestra. Otra parada la hacemos en un colegio donde la maestra obtiene nuestra admiración.
En el camino también entramos en el mayor templo jainista del mundo, Adinath de Ranakpur, donde las propinas se convierten en donativos. Es una construcción extraordinaria digna de verse. 

La ruta hasta el desierto ha sido corta en kilómetros y largo en el tiempo por la peculiar conducción en las carreteras de India, que no permite pasar de 60 ó 70 kilómetros por hora como velocidad punta ideal. Camiones sin chasis, jeeps, camellos, osos y vacas danzan por la carretera entre peregrinos y desocupados. No hay malas palabras pero sí pitidos y maniobras. Y el suelo responde mal a la definición de plano. Las carreteras indias están llenas de vida. 
Llegamos a Rohet, al borde del desierto de Thar. Nos alojamos en una suerte de oasis, The Fulbari Resort, un hotel pequeño, con piscina y grandes cuartos de baño añorables. El agua es el lujo en el desierto. Bebemos ron del lugar con estragos en algún estómago. Por la noche, baile con sables. El baño es adecuado pero carece de ventilación, que a la habitación le sobra. Un canario amigo asegura que le han desaparecido 50 euros de la habitación.

12 de agosto. Salimos al desierto muy temprano, en un jeep willy. Las dunas se detienen donde los ingleses hicieron plantar acacias. Los indios dicen que lo harían con mala intención. Gacelas en libertad y perros cazadores. Llegamos a las casas aisladas de una familia de la tribu de los Visnui, así llamados porque siguen los 29 puntos de su santón. Son protectores de la naturaleza y estrictamente vegetarianos. El patriarca es dignísimo, así como la actitud de todos los miembros de esa familia amplia. Aunque pocos debemos parecerles enloquecidos con nuestras cámaras de fotos.

A la vuelta a la aldea, los campesinos se reúnen para pedir perdón a Shiva. Después, beben una solución de opio en agua. Sorben tres veces de la mano del jefe de ceremonia una en honor a cada una de las deidas de la principal trinidad hindú.
13 de agosto Un largo viaje nos lleva al Fuerte Pokharan, antes de llegar a la ciudad de Jaisalmer. En la comida del fuerte sospecha el guía que se envenenaron las tres personas que comieron cordero. Comienzan a abundar los indios de religión musulmana y los viajeros enfermos.

Ante Jaisalmer se extienden los cenotafios donde fueron incinerados varios rajas y marajas. Aparecen algunos pillastres que bajan el precio de postales y presuntos trilobites según se aleja el viajero de ellos. Son pocos y dan más pena que otra cosa. También a los guías se les acaba la culturilla y se repiten. En cualquier caso, los indios saben trabajar la piedra que abunda. En la ciudad, entre vacas y balcones labrados, hay tiendas donde copian las tarjetas de las cámaras digitales a disco CD, a 100 rupias el disco. Las vacas hacen difícil caminar por las calles estrechas. El único peligro real es que te orinen encima. Vale la pena tomarse un tiempo callejeando y subiendo a las torres. 
El agua vale doce rupias la botella cerrada en restaurantes que venden a la calle, no en puestos que es menos, y en torno a 75 y 100 en los hoteles.
14 de agosto. Recorremos Jaisalmer, su ciudadela con balcones de intrincadas celosias en piedra, un templo jainista donde me persiguen para que dé un donativo y un museo con un simpático anciano como guía. Junto al museo está el lago Gadisar, lleno de peces hambrientos. Vemos los havelis y nos meten en otra tienda de convincentes vendedores de colchas y bordados.
Noche toledana del 14 al 15. Jamsmuj nos trae de la farmacia el pedido del médico. La factura del doctor es de 500 rupias indias. Algunos indios llevan anillos de hierro, están hechos de herraduras de caballos negros. Con esas alianzas piensan que se ganan le favor de Neptuno. El médico lleva uno de esos anillos pero receta antibióticos.
15 de agosto Día de la Independencia de India en 1947. El personal del hotel, desde los cocineros al médico, izan bandera y cantan el himno.
Partimos a Jodhpur con tres enfermos, dos entran en el hospital. Eva se niega. A la puerta del mismo hay una farmacia donde proveerse de cuanto les recetan, incluidas agujas y suero. Todo previo pago.

Visitamos una fortaleza magnífica, el Fuerte Mehrangart. Me gustan más los exteriores que los interiores. Hay dentro una curiosa sala de armas. Magnífica vista de la ciudad azul desde las almenas. En la visita coincidimos con una tribu que nos mira con descaro y desconocimiento del espacio vital en torno de uno. Sonrío, todos lo hacen. Frente al castillo, el hermoso cenotafio de Jaswant Singh.
Nos despedimos de Jamsmuj y le damos 150 dólares entre seis viajeros.
En Jodhpur nos alojamos en el Taj Hari Mahal, un hotel de estilo colonial y amplios espacios. También en torno propio. Allí podemos recorrer el bazar, desde el hotel 100 rupias por riskaw ida y vuelta. Vale la pena iniciar esa visita en torno a la torre del reloj. No busque el paisaje en los edificios del bazar sino en las personas. La noche trae un cigarro relajado en una terraza sombría del hotel con la recuperación de la viajera más joven.

16 de agosto. Aeropuerto, nuevos registros, otra vez sin cerillas. Volamos a la capital de Rajastán, Jodpur. Visitamos el palacio de la ciudad, cuyo señor recibió el título de hombre y cuarto y así lo hace saber ondeando una bandera y cuarto y teniendo en la puerta a un centinela alto y a un enano. Disponía de un buen ejército y así lo atestiguan los cañones que rodean su palacio.
Recorremos el Observatorio Astronómico que construyó Jai Singh II. Aquí, consultando las cartas astrales, se siguen cerrando matrimonios de jóvenes que no se han visto jamás. El palacio de los Vientos decepciona por su tamaño.
17 de agosto. Viajamos a Amber y ascendemos a su fortaleza a lomos de elefantes. En ella hay salas donde las embarazadas de varones, el astrólogo preveía el sexo, veían escenas de lucha para parir hijos aguerridos.

La ciudad fantasma

18 de agosto. Salida hacia Agra por carretera. Paramos en el camino para ver la Ciudad Fantasma de Fatehpur Sikri. Es hermosa pero el calor es agobiante y la falta de agua condenó a la urbe imperial.
Visitamos el Fuerte Rojo de la ciudad, muy digno de ver. Llegamos al Taj Mahal, la hermosa tumba de una reina.

Estupa de Nepal

Nepal
19 de agosto. Sólo tres viajeros vuelan hacia Nepal, al aeropuerto Tribhuyan de su ciudad: Kathmandu. Papeleo por el visado antes de salir del aeropuerto. Unos 30 dólares de derechos de entrada por tres personas. Más controles de seguridad. En la sala de espera se escucha español. Nos recogen en el aeropuerto y nos llevan al hotel Hyatt Regency. Excelente y dentro de la ciudad para poder salir a dar una vuelta.
20 de agosto. Betsy nos enseña Kathmandu, su ciudad. Ha sido estudiante de la Universidad Complutense en España durante 9 años. Subimos a la colina donde vemos una gran stupa rodeada de cilindros de oraciones que los fieles hacen girar, eso vale por haber rezados mil veces. Unas mujeres preparan la comida para dioses y hombres bajo unos toldos que las envuelven en una luz mágica. Abajo, en la Plaza Real comienza la ceremonia anual de los muertos. Una leyenda de un rey que para consolar a su reina de la muerte del padre de ésta hizo desfilar a todos aquellos a quienes se les había muerto un ser querido durante el último año. Los parientes del finado debían llevar una vaca o un niño engalanado. La reina estará consolada pero la costumbre continua. Los viajeros, rodeados por ese tumulto, recorren el casco antiguo viendo el Kasta Mandap y el palacio de la Kumari Devi, la diosa viviente. Se dignó a mirarnos un instante. Es elegida con una serie de condiciones y superando unas pruebas y abandona el cargo cuando llega a la pubertad cuyo retraso merece todos los trucos. Betsy nos cuenta que sus paisanos varones son borrachos y vagos.
Los viajeros van a la antigua capital real de Patán, con sus pagodas y templos que han sido patrimonio de la Humanidad.
21 de agosto. Los viajeros, inconscientes ellos, vuelan en una avioneta de hélice Beech 1900d hasta el valle de Pokhara. Sobrevolando las nubes vemos los picos que también las superan en altura.

Lago Kathmandu

Nos alojamos en el Fulbari Resort situado en un paisaje maravilloso. En dos días, menos de 25 euros en tres comidas y unas cervezas en el pub Gurkha.
Ese día visitamos el pueblo cercano, un museo que apenas merece tal nombre y unas espectaculares cuevas fluviales. Hablamos con exilados de Tibet, gente amable y sencilla que vive de vender artesanía. Paseo en el lago Kathmandu.
22 de agosto. Madrugamos para ver amanecer, vislumbrando apenas una foto un pico del Himalaya. Luego todo lo envuelven las brumas. Embarcamos en otra avioneta en una sala de espera más pequeña que la de un autobús de provincia. Volvemos a Kathmandu. Nos alojamos en el mismo hotel Hyatt. En el mostrador una dependiente intenta engañar a Eva con 900 nepalitos en el cambio. Le demuestro su error y sonríe.

Por la tarde damos un paseo por la ciudad, girando en torno a un stupa. Un joven insistente nos requiere ayuda.
23 de agosto. Volvemos en avión desde Nepal a Benares. En el aeropuerto nos quieren cobrar por las cosas que llevamos. Les digo que son indias y me piden la factura. Me pongo a hablar en español y a interrumpir el colapsado ínfimo aeropuerto que está atestado. Nos dejan pasar. A la salida nos acosan taxistas y maleteros. El hotel ha enviado un microbus. Nos recogen en el aeropuerto y apenas dejamos las maletas en el hotel para recorrer el templo de la Madre India, un mapa en relieve a la postre, también el Templo de Durga y la Universidad, donde visitamos otro templo. Todas ellas, visitas prescindibles. Nuestro guía es un hombre delgado y maduro, Rai. Es capaz de dormir en cualquier sitio aunque presume de yogui que no duerme apenas. «¿Qué edad me echan? 58 años. Pues tengo 72». Sus porcentajes siempre eran exactos e iguales pero no dejaba una pregunta sin contestar. ¿…? El 15 por ciento, ¿…? el 65 por ciento.

Orillas del Ganges

24 de agosto. Madrugamos para recorrer el Gangesen barca. Santones y peregrinos se bañan en las aguas del Ganges. En las orillas gentes de distintos pelajes realiza sus abluciones rituales. Otros queman a sus muertos en piras funerarias. Cuando desembarcamos nos acercamos a una de ellas donde rápidamente nos piden dinero. No nos permiten hacer fotos a menos que demos más dinero. Una mano se asoma entre la ardiente pira. Regresamos por las estrechas callejuelas adyacentes entre muertos en carros que esperan que la familia reuna el dinero para la madera necesaria.
Volvemos a Delhi en avión. Nos alojamos en el Taj Palace, hotel inmenso donde nos hacen esperar, y mucho, en recepción.

25 de agosto. Chandra, el guía pillo que vivió en Madrid, nos guía por Delhi, entre edificios coloniales y templos. La visita es apresurada y corta de tiempo. El guía es cínico y un progre acomplejado. Entramos en la Gran Mezquita, el Templo sij Bajngla Sahib y en el memorial de Gandhi. El guía nos lleva a una gran tienda donde pagamos con tarjetas de crédito que son copiadas, como sabremos después. Chandra y sus promesas se hacen humo con la credibilidad de la gran tienda. Pero una mancha no apaga el brillo de este viaje.
Esa noche, un avión nos lleva de India a Alemania.