Viaje a Japón

Gustavo Morales en Tokio

Madrid 120806
Salida hacia París con Air France, azafatas lejanas y cuz cuz. Afrontamos a las cinco de la tarde una docena larga de horas reales, legales son más, en un magnífico avión de Japan Air Lines (JAL). En todas las clases y en cada asiento hay una pantalla con un mando que incluye consola individual de juegos, películas actuales a elegir (en inglés subtituladas en japonés o viceversa), cámara web para ver qué pasa fuera del avión y otros artilugios. Las luces desaparecerán a la vuelta al pasar sobre Siberia. Una azafata italiana, Bárbara, se hace cargo de los viajeros con exquisita amabilidad. Su español es bueno y el servicio de toda la tripulación del avión, ideal. Juro que no tengo acciones en JAL. Los viajeros tienen tiempo para ver las cinco películas. Algunos pasajeros se pasean, al apoyarse en las cabeceras de lo asientos despiertan a los de sueño más ligero. Unas japonesas cubren su boca como los cirujanos para dormir.

Tokio 130806
Llegada a Tokio por la tarde. La precisión y puntualidad japonesa se multiplican ante los viajeros. Se alojan en el Hotel Shiba Park, a donde les ha llevado la limusina del aeropuerto en un trayecto de una hora. ¡Mi gozo en un pozo! limusina del aeropuerto es el pomposo nombre que dan a los autocares ese destino. Cuando el conductor llega al punto de salida, con puntualidad pasmosa, los limpiadores y organizadores del embarque y maletas le hacen una reverencia. El personal del Hotel es agradable y atento, muy por encima de las habitaciones. Los viajeros consiguen mapas en recepción y magníficas explicaciones de cómo llegar a los sitios. La habitación, en la sexta planta, para no fumadores, deja que desear. Andando llegan a la zona Ginzo, muy comercial y no la más barata de la ciudad. Los jóvenes vocean las excelencias de los comercios donde regalan pequeñas cosas. Comen a las seis de la tarde los viajeros en un local, donde ondea la bandera española, «El chateo» (tlf. 03-3535-7033). Dos japonesas talluditas y achispadas por vino blanco y tinto, entablan conversación. Estuvieron en España y guardan buenos recuerdos algo confusos en lo geográfico: ¿Toledo cerca de Torremolinos? Son amables y entusiastas. Recorremos las casas de Mac, Sony, una de Nikon, etc. y regresamos al Hotel Shiba Park. Noche de calambres en la pierna a causa de la duración del viaje. Aconsejan un adiro, pequeña aspirina, el día antes, el del viaje y el de después para evitar riesgos los mayores de 40.

Tokio 140806
Excursión a la Torre de Comunicaciones de Tokio que es como la de París pero más alta y lucida. Un trozo de suelo de cristal a trescientos metros de altura causa sensación. Luego vamos a un templo donde se venera a la diosa Asakusa Kannon y los nipones realizan un complicado horóscopo basado en pagar y sorteo. Si es malo para que no se cumpla, o todo lo contrario, dejan unos papeles atados en el templo.Recorren los viajeros el mercadillo de la calle Nakasime y llegan, a fuerza de Metro y calcetín, a la «calle eléctrica», donde se suceden las tiendas de todas las máquinas electrónicas posibles y a buen precio. Es realmente una visita para dejar al final, antes del regreso. Los viajeros caminan y se pierden, salvados por el Metro y la amabilidad sin cuento de los japoneses. Comemos en un local nipón de 2.000 yenes total. El desayuno costó más del doble en una curiosa cafetería donde volvemos mientras estamos en Tokio. Tardamos muchos más tiempo en comer que los nipones. Devoran rápido y sin etiqueta de mesa, sin concesiones a la tertulia. Los tintes de pelo color castaño rojizo hacen furor entre los jóvenes, chicos y chicas delgados. Hay variedades, algunos son menos estilizados y más morenos, otros carecen casi de mentón.En muchas calles está prohibido fumar. Lo indican en el suelo de las aceras. La ciudad está limpia como la mayor parte de los japoneses y sus choches. Las mujeres salvan la blancura de su piel con paraguas. Todos llevan una toallita pequeña con la que se enjuagan el sudor de un país húmedo. El cielo está nublado.

Nikko 150806
Inician los viajeros una travesíae de tres horas en autobús hasta Nikko, patrimonio de la humanidad. Es un hermoso conjunto de templos budistas, algo repetitivos para quien conoce China pero mejores. También hay sintoistas, quienes rezan inclinando la cabeza, dando dos palmas, y otro cabezazo. Las palmadas son para atraer la atención de loes espíritus. Los templos, como casi todo el país, están en armonía con la naturaleza. Comemos junto a un lago donde navegan barcas con forma de patos y helicópteros. Visitamos una cascada que drena esa masa de agua. Junto a ella los ingenieros explican minuciosos en buen japonés el sistema para reducir la erosión. En el viaje de vuelta vemos monos, muy similares a los mandriles, esperando comida junto a la carretera.

Tokio 160806
Una largísima por desorientada caminata nos lleva a la bahía de Tokio. Un vigilante nos hace un mapa preciso, sin hablar, que nos dirige al barco. Atentos a las pantallas de salida para no confundirse. La nave tiene dos escalas, en el parque de atracciones y en el acuario. Bajamos en el segundo que es travesía más larga. Los cargueros amontonan contenedores ante la proa de las patrulleras de la Guardia Costera, que lleva la identificación también en inglés. Un pájaro adelanta el barco volando a pocos centímetros del mar. Poco después estamos en el magnífico acuario donde coinciden todo tipo de habitantes marinos y japoneses. Un medidor muestra al curioso la carga electrica de las anguilas. Otro pasillo permite ver nadar a mantas, tortugas, tiburones y peces de colores sobre la cabeza de los viajeros y cientos de japoneses, a los lados.Una eficaz y ordenada cola japonesa nos permite abordar el barco y volver al punto de la Bahía más cercano. Si la ida hasta el mar han sido horas, la vuelta son minutos.

Monte Fuji 170806
Contrataron los viajeros una excursión al Monte Fuji en un centro de distribución de turistas de eficacia japonesa. En la quinta estación de la montaña sagrada contemplan ceremonias religiosas insólitas, con arquero y tambores. Conseguimos el cascabel pero no logramos ver la cima, envuelta en brumas. Es agosto y llueve. ¿Existe el monte Fuji más allá de las postales? Comida en el Highland Resort, resuelta en media hora. Dios nos bendiga con camareros nipones. Damos un garbeo por el lago Ashi con posterior subida al teleférico en una cumbre entre brumas donde hay cerrado un templo sintoista. El paisaje que pugna con jirones de nubes es muy bueno. A los pies del teleférico, tiendas muy bien organizadas y amplias. A destacar la caja que tiene combinación, moviendo piezas, para poder abrirla, no aptas para Alejandro Magno. La carretera, como muchas en Japón, es de dos carriles y doble sentido pero nadie toca la bocina. Los viajeros se alojan en el Hotel Kousakien, en la prefactura de Hakone, una de las 47 provincias del país. Japón es la quinta parte de España y hay 125 millones de japoneses. En los cajones de la habitación hay yukatas, ligeros kimonos de verano. Cenamos sushi en un amable y pequeño restaurante de este hotel sito en medio de la naturaleza. Una señora mayor nos sonríe y bebe sake en la barra junto a nosotros. Los restaurantes del hotel no son baratos pero no hay muchas alternativas. Está situado en medio del campo. Es recomendable un paseo por los jardines.Tras la cena acudimos a los baños onsen y rotenburu. Dos piscinas, cubierta y al aire libre, sauna y el agua a casi 40 grados C. Separados y desnudos, hombres y mujeres se lavan con agua fría antes de entrar a los cálidos baños. Elijo el exterior y me fundo en el agua. La ducha de agua fría me devuelve a la realidad. Unos hombres se lavan a conciencia sentados en pequeños cajones blancos.

Inuyama 180806
Cogemos un tren bala que nos lleva a Nagoya. Los revisores en cada vagón hacen una reverencia quitándose la gorra o tocando la visera antes de pedir los billetes enguantados en blanco. Cada detalle, una cortina corrida, un asiento inclinado, es arreglado por estos personajes entre parada y parada. En la estación de Nagoya los policías están subidos a pedestales con gesto serio. La ciudad tiene dos con dos millones de habitantes. En la estación abundan colegialas de uniforme con aspecto buscado de lolitas. Otro tren de cercanías nos deja en Inuyama, el monte del perro.

En Inuyama descendemos en barca 13 kilómetros del río Kiso. La barcaza la dirige un batelero y su ayudante. Arrojan comida al aire a los halcones que la cogen en vuelo o sobre el agua. Los rápidos empapan a los viajeros. Es un paseo divertido y comunal.Visita al edificio central del antiguo castillo de Inuyama, con cuatrocientos años de antiguedad, propiedad del señor de la zona. Es un conjunto de escaleras y algunas salas. Ni parecido a un castillo español. Se asemeja vagamente a un caserío de varias plantas. Allí y en el museo de la ciudad vemos las primeras katanas antiguas de hojas desnudas, las armaduras. Alguna data de fecha anterior a la unidad de España.También de allí salen las primeras carrozas típicas del festival de Inuyama, arrastradas por hombres, lejanamente similar a la Semana Santa pero sin sentido religioso.

Por la noche partimos en barca a ver ukai, la pesca con cormorán. Estos pájaros van nadando y pescando, atados a la embarcación con dos cuerdas: una ciñe su cuello y otra su garganta. Las ves van pescando y pueden tragarse los peces pequeños pero no lo grandes, que los pescadores extraen de sus gargantas, antes de echarlos otra vez al río. Laa borcas llevan colagda ante la proa plana una chispeante hoguera, que junto a los golpes en el fondo de la barca, aturden a los peces dormidos.Nos ofrecen una cena japonesa tradicional, sólo apta para vegetarianos y audaces del paladar. La comida japonesa, excepto algo el soshi, no tuvo éxito entre los viajeros.

Nagoya 190806
Comienza el día con la visita, en el camino, al museo Toyota. En esa parte del viaje coincidimos con una pareja de indios afincados en Bostón, él es cirujano y ella psiquiatra. Ambos, más ella, manifiestan su fervor en los templos budistas que salpican Japón. En el museo creado en honor del señor Toyoda, vemos la evolución del telar manual al informatizado. En realidad, la principal variación de la tejedora es la fuente de energía. El museo del señor Toyoda, muerto en 1930, exhibe los nuevos adelantos, robot y transporte personal incluídos. La d del apellido Toyoda fue cambiada por una t en la empresa Toyota por no sé que extraño significado del apellido original. Cuando el viajero pregunta, se ríen tapándose la boca.Visitamos hacia Nagoya el centro de cerámica Noritake. Las mágníficas piezas que vemos haciéndose en la exposición están ausentes de la tienda. Tras la Segunda Guerra Mundial, la empresa dejó de firmar sus piezas en la porcelana de exportación, mientras exhibía otra de «Japón ocupado».Los viajeros llegan al castillo Nagoya.Visitando sus salas los viajeros se cruzan con jóvenes ataviados de arqueros tradicionales que pertenecen, evidentemente, a alguna escuela. Son chicos y chicas que portan sus armas en largas fundas de cuero cerradas.Llegamos a Kioto en tren bala y nos alojamos en el Hotel Nuevo Miyako. Está situado frente a la estación con variadas y apetitosas alternativas al restaurante del hotel que cobra el desayuno a 2.500 yenes por persona.

Kioto 200806
Por la mañana visita guiada en inglés Primero al palacio Ninomau, una sucesión de salas japonesas donde el señor recibía a unos y a otros según su estatus. Las salas ahora están llenas de maniquíes sobre un fondo de pinturas que está prohibido fotografiar: tigres en su mayoría.

Bajo el suelo, unas bandas de metal hacen que al andar por los pasillo el piso haga un ruido semejante al trinar de un pájaro, más con meta defensiva que ornamental. Después recorremos el parque donde está el pabellón dorado Kinkakuji.Comemos bien en la planta superior de unos almacenes bien provistos de souvenirs para turistas. Marchamos hacia el parque Nara. Allí los ciervos acosan a los visitantes en busca de comida. Venden galletas y alguno da de comer a los animales que ya no le abandonan en un rato largo. En el parque se encuentra el templo Todaiji, digno de verse con sus excelentes estatuas de Buda. Un agujero en una columna de madera reproduce las medidas de la nariz de la mayor de las estatuas y los niños pasan por ahí con los brazos por delante. Cerca visitamos el santuario Kasuga, sintoista, donde los arqueros se entrenan rodeados de linternas de piedra. Los fieles hacen una reverencia, dan dos palmas, otra reverencia y se reitran.

Hiroshima 210806
En el año 18 del reinado del emperador en curso nos trasladamos en los rápidos y cómodos trenes japoneses a Hiroshima. Comenzamos el recorrido embarcando hacia Miyajima, una isla que ostenta una tori en el mar, uno de los símbolos de Japón. El entorno es agradable y verde y también hay ciervos por doquier. Nos piden que no les demos de comer para que vuelvan a su habitat en los bosques. El santuario Itsukushima es una serie de edificaciones, elevadas sobre el borde del mar, muestran el sentido religioso de la existencia. En el entorno hay tiendas donde encontrará buenos precios para comprar y para comer.Embarcamos en barco y minibus para llegar al parque de Hiroshima. Allí, el seis de agosto de 1945 los Estados Unidos arrojaron la primera bomba atómica de la Historia. La acción la ejecutó el bombardero Enola Gay y el artefacto había sido bautizado como Little boy. Es impresionante, tanto que un anciano norteamericano se niega a entrar. En las salas sobrecogedoras no hay un ápice de resentimiento contra los Estados Unidos. De hecho, algún visitante luce las barras y estrellas en pañuelo de cabeza y camiseta. La tolerancia de la ciudad es infinita. Hoy es una urbe moderna, reconstruida tras la Segunda Guerra Mundial, como tantas cosas en Japón. Cuenta con una red de tranvías fáciles de usar y donde se pagan al bajar 150 yenes.Los viajeros se instalan en el Hotel Gran Vía de Hiroshima, junto a la estación de tren. La ayuda y la orientación que da el personal del hotel es eficaz y atenta. El viajero sale siempre con más de un plano.

Kurashiki 220806
Llegamos en tren bala a la ciudad, unos 400.000 habitantes, famosa por el arte moderno occidental que promovió el mecenas Ohara. En las salas hay incluso una obra de El Greco, esculturas de Rodin y hermosos cuadros de autores nipones.Es una ciudad bonita, de casas bajas y la leyenda de un niño que salió de un melocotón encontrado en el río. Junto a la corriente se despliegan los artesanos en un agradable paseo ribeteado de casas tradicionales. Comemos con unas amables mujeres de Oñate.El tren lleva a los viajeros al Hotel Gran Vía de Osaka, la tercera ciudad en importancia y con perfil cosmopolita.

Osaka 230806
Inicio del día en el Café de Clever, donde desde la seis de la mañana hay dulce y salado para desayunar. Ascendemos a unas torres dobles que nos ofrecen una magnífica panorámica de la ciudad. En las plantas de abajo hay dos salas de cine. Las escaleras que suben el último tramo tienen un toque de Kubrik. Sobre las torres, más allá de los cristales, la sensación es agradable. Una exposición reproduce un mercado tradicional con muñecos oscuros.Marchamos hacia la noria que perfila la ciudad. El artefacto se aborda en el séptimo piso de un edificio comercial. Aunque es más bajo que las torres da máyor sensaciónd de vértigo en el paseo lento con una perspectiva amplia de la ciudad. En los pisos superiores hay juegos donde el jugador ha de entrar literalmente en habitaciones de varias dimensiones.En la estación, donde canta un coro numeroso y magnífico, comemos en un italiano. A la puerta del mismo, como de otros, hay sillas para la espera de los clientes.

Kioto 240806
El tren nos lleva a Kioto. Allí cogemos un taxi. Los profesionales del volante son honrados hasta la sorpresa. Llegamos al riokan, hotel tradicional nipón, Yachillo. No nos dejan entrar hasta las 15 horas aunque la salida es a las 11. Acogen nuestras maletas y los viajeros visitan la zona cercana de templos y escuelas zen, marcadas por el agua y la naturaleza. Descubren el centro internacional y comen en un amable restaurante de gusto exquisito, vistas espléndidas y factura modesta que no rebaja el servicio ni la vajilla.Kioto es una ciudad baja, sin rascacielos y más humana. La cena en la casa tradicional la hacemos ataviados a la japonesa, con kimono y yukata. Aunque la cena es detestable para el gusto occidental nos divertimos con la etiqueta nipona. Acabada la cena es el momento de decir que el desayuno lo prefieren occidental o se encontrarán lo mismo por la mañana.Al regresar a la habitación los colchones ya están extendidos sobre el suelo.

Al día siguiente, recibimos una clase de caligrafía en el centro internacional de Kioto. Son exclusivamente mujeres, una de ellas coreana. Hacen también pinturas en tonos de gris pero los viajeros eligen la caligrafía. Todas se vuelcan en ellos. La clase es gratis y pagamos 60 yenes por el papel y la tinta que usamos. Nos enseñan también a lavar los pinceles. Luego marchamos al mercado del día 25, que tiene lugar en torno ese día del mes a los templos.De regreso al riokan, donde han sacado las maletas de nuestra habitación, nos buscan un taxi y nos lleva a la estación. El taxista no deja de hablar por el móvil. Cuando llegamos nos indica qué tren debemos tomar y de qué vía parte. ¡Eso es lo que hacía hablando por teléfono! Cogemos el tren que parte a los pocos segundos de subir nosotros. Viajamos con el interrail nipón y no hemos reservado asientos. Hay vagones específicos para esos viajeros.Los revisores de tren saludan a la entrada de cada vagón antes de pedir los billetes con guantes blancos.

Kanazawa 250806
La llegada a la estación es muy bonita, con una tori de madera que parece sujetar el techo moderno, cristal y acero, de la estación. Un vigilante tira el cigarro que acaba de encender para llevarnos hasta la puerta del hotel por el que preguntamos. Le doy otro cigarro que tengo que obligarle a coger. Los viajeros visitan los parques y jardines del centro de la ciudad. Son hermosos y llenos de vida invertebrada. El paseo es relajante y dispone de miradores estudiados para dar las mejores vistas. Los jardineros trabajan sin descanso con la cabeza oculta tras una larga visera de paja, que les da aspecto de patos, sujeta con un pañuelo. A la vuelta recorremos un mercado donde abunda el pescado fresco y la verdura. Luego los viajeros recorren otro fuerte de construcción similar a los ya vistos.

Un día después llegamos a la zona de gueisas. La televisión coreana entrevista a Eva. Somos los únicos occidentales de la zona. Los jardines de las casas de las gueisas son más pequeños que los ascensores de El Corte Inglés. Las pinturas de las puertas son de un gusto exquisito. En la estación de tren recibimos el eficaz auxilio de un voluntario y la amabilidad de una taquillera de JR. Ello nos permite reservar asientos hasta Tokio, aunque sólo hay plazas en vagones de fumadores por lo que se excusa la encargada de hacer la reserva. El viaje es idéntico. Los revisores con el mismo comportamiento, la vendedora de comida y bebidas con su carrito de avión. También hemos de hacer un trasbordo que se ve facilitado por las pantallas de la estación.

Tokio 270806
El regreso a Tokio lo hacemos por libre y nos alojamos en el Shiba Park porque ya estaba reservado. Nos dieron una habitación distinta también en el sexto piso. Es el peor hotel de todos los que hemos visto que suelen ser buenos. Los últimos días los reservamos para las compras y para alguna visita.